miércoles, 30 de septiembre de 2026

El testamento de Amparo.

Laura miraba el billete de lotería de Navidad que tenía entre sus dedos mientras recordaba a su madre. Amparo era la antítesis de su hermana Carmela. Una mujer seria, la mayor de las dos hermanas, que había tenido que sacar adelante ella sola prácticamente a su familia cuando apenas acabó sus estudios primarios. Empezó a trabajar en una oficina siendo todavía una niña pero aprendió a manejarse bien entre un mundo de hombres y acabó granjeándose el respeto de todos aquellos buitres que revoloteaban por el despacho. Ella se los imaginaba siempre en una especie de danza macabra de poder, agitando las alas intentando intimidarse entre ellos. Ella los observaba con parsimonia, como si estuviera haciendo un estudio avanzado de la dinámica de “los machitos” – así los llamaba ella. Aprendió a guardar silencio y mantenerse en un segundo o incluso tercer plano. Invisible para la gran mayoría pero imprescindible para todos. En el despacho conoció al que sería su marido. El se enamoró perdidamente de Carmela, la rubia explosiva que no paraba de dar saltitos todo el rato, siempre con la sonrisa amplia en la cara y aquella ingenuidad que rozaba lo intolerable incluso para aquel abogado pazguato venido de un pueblo perdido de la península. Para él, Carmela era como una estrella de cine. Para Amparo, aquellos dos tortolitos le inspiraban algo de ternura. Carmela acabó encaprichándose de un mecánico fornido y con pocas luces con quien se casó después de dejarla embarazada, y Amparo aprovechó la tristeza del pazguato para casarse con él. Le parecía una pérdida de tiempo buscar marido así que aquel regalo le llegó como caído del cielo.

 

El billete de lotería de Navidad era de 1991. Garcilaso, pensó, y pensó también en Carmelo pero no supo por qué. Que Amparo hubiera incluido ese billete en el testamento y que se lo entregara a Carmelo para que lo custodiara hasta su muerte le pareció una broma macabra de su madre, aun sabiendo que en sus últimos años, su cabeza ya no era la misma. Guardó el billete entre el resto de papeles de sus carpetas, donde guardaba toda la documentación del patrimonio de su madre y miró a Carmela, que no paraba de dar golpecitos con sus pies en el suelo, como en un baile interminable.

 

-          ¡Pepe, ponme un bolero, que vamos a bailar!

 

Laura supo que, como el resto de días anteriores, no iba a conseguir que Carmela acudiera a la notaría para cerrar la herencia de su madre. Emitió un suspiro largo y cansado y subió sus piernas al sillón, movió los dedos de los pies y se recostó mientras veía cómo Carmela llegaba a Pepe con dos zancadas rápidas y un giro de trescientos sesenta grados sobre sí misma.

Pepe dejó a un lado los apuntes de la universidad y acompañó a Carmela hacia el equipo de música, para ayudarla a elegir su bolero preferido.

Pepe estudiaba Ciencias Exactas en la universidad. Estaba a punto de acabar sus estudios y todavía no sabía muy bien qué hacer con su vida, después de pasarse los últimos cuatro años entre las clases y el bar de Alberto.

Sonó Antonio Machín, Carmela empezó a danzar entre las mesas, Pepe volvió a su barra, miró a Laura recostada en su asiento con los ojos cerrados y los pies descalzos, cogió sus apuntes, apartó las dos últimas páginas recién escritas, las arrugó con tristeza y las lanzó al cubo de la basura mientras tarareaba para sí la canción de Machín.

lunes, 28 de septiembre de 2026

La casa de Amparo.

 “Junto a la ropa sucia el papel de regalo”.

Carmelo “el changa” se alejó de la fachada del bar despacio, sin saber muy bien por qué  le había venido a la cabeza el poema “Los viajes” de Luis García Montero al ver a su prima Laura. El bar Alberto estaba en la misma manzana que la casa de su madre y a dos calles del paseo de la playa. Se recordó corriendo de niño, descalzo, por entre esas dos calles, hasta llegar al paseo y saltar a la arena hasta llegar, entre risas, al océano, su refugio, su vida. “La espuma de la vida”, pensó, y tampoco supo por qué.

 

Desde que dejó el instituto y se puso a trapichear mientras trabajaba de camarero en el bar del paseo, lo único que le había sostenido a la vida había sido la biblioteca. Pasaba horas devorando poesía, prosa y cualquier cosa que se asomara en alguno de sus estantes.

 

Continuó caminando, sin dejar de pensar en Laura y en lo que le hubiera apetecido sentarse a charlar con ella, como hacían cuando eran niños en casa de su tía Amparo. Amparo era hermana de Carmela, su madre y cada tarde, en las vacaciones, iba a buscar a Laura para bajar a la playa.

 

-          Un café con leche de leche condensada- decía la tía Amparo cuando les ponía los tazones sobre la mesa, echaba un buen montón de leche condensada y luego servía el café oscuro y humeante desde la cafetera italiana que le habían regalado cuando se casó con “el abogado”. Prácticamente nadie del barrio conocía el nombre de su marido. El padre de Laura era sólo “el abogado”, aquel chico que llegó despistadísimo de la península y se tropezó con Carmela y Amparo un día en el parque.

Carmelo pasó delante de la casa de su tía Amparo, al borde del paseo y vio la buganvilla en la entrada prácticamente tapando la ventana de la cocina desde la que veían la playa. Las flores rosas, escandalosamente vivas, contrastaban con la entrada descuidada y el silencio absoluto de su interior.

jueves, 24 de septiembre de 2026

Bar Alberto.

Laura se acercó al borde de la calle, antes de cruzar, desde donde podía contemplar la fachada del bar. El bar del barrio, el de toda la vida. Alberto heredó el bar de su padre, que sacó adelante a duras penas mientras cuidaba de su esposa enferma y del pequeño Alberto. A Alberto no le gustaba el bar porque pasó mucha parte de su infancia echando una mano a su padre al salir del colegio, cada día. Y los fines de semana. Y las vacaciones, cuando todos sus amigos del barrio se iban a pasar el día a la playa. Al heredarlo, sólo cambió el letrero y lo llamó Bar Alberto, contrató a Pepe y siguió con su vida dando clases de lengua española en el instituto. Pasaba un par de veces al mes para preguntar a Pepe si todo iba bien y la gestoría se encargaba de todo lo demás.

Laura vio a Pepe en la puerta del bar, mirándola fijamente, como si estuviera a punto de echarle una bronca. Cuando vio a Carmela de ventana en ventana dando vueltas sobre sí misma en pleno baile, pensó que por qué aquel semáforo no podía quedarse en rojo para siempre y permanecer allí, tranquila, viendo pasar el tiempo, la gente, los coches, la vida…

El semáforo cambió a verde y cruzó la calle. Caminó hacia la puerta del bar, donde Pepe se había instalado como si se tratara de un portero de discoteca. Antes de apartarse para que pasara y echándole una mirada de reprobación, dijo:

-          Laurita, ¿otra vez el changa por aquí? ¿Lo sabe Carmela? Mira que ese machango lleva siempre un aroma a guineo maduro, de los que no se pueden arreglar.

Laura no sabía qué le apetecía más en aquel momento, si apartar a Pepe o abrazarse a él para agradecerle su preocupación.

-          Descuida, Pepe, sólo ha venido a hacerme un recado. Ya se ha marchado.

Entró en el bar y se llevó a Carmela a su mesa del rincón, después de dar una voltereta sobre sí misma, ante la atónita mirada del guiri que había alquilado la vivienda vacacional que estaba sobre el bar y que había entrado tras su paso.

Antes de que Carmela pudiera abrir la boca, Laura respiró y después se tomó un vaso de agua mientras abría el sobre que le había entregado Carmelo hacía un momento. Dentro había un billete de lotería viejo. Lo miró sin sacarlo del sobre y se secó descuidadamente con las mangas de su camisa las lágrimas que empezaron a deslizarse por sus mejilla mientras se descalzaba, colocaba los zapatos junto al resto de sus trastos y volvía a recordar a su madre.

martes, 22 de septiembre de 2026

La marea.

 Ahí está, otra vez,

la caja de Pandora

cerrada a cal y canto

escondida

al fondo del armario

entre peluches

y una guagua con mando

una lámpara globo

Julio Verne

viajes imaginarios

una manta

un dolor

unas manos adultas

sobando la piel niña, niño,

una boca

un susurro

una mentira

un soborno

y el miedo

la vergüenza

el silencio...


Ahí está, una vez más,

la caja de los recuerdos borrosos

los poemas

las cartas al aire

la denuncia

el juicio oral

declarándome culpable

por ser el niño

de la risa fácil

de los bolsillos abiertos

de los abrazos

del estoy bien, bienísimo,

no necesito nada

tú cómo estás

aquí tienes mis orejas

las dos

y mis brazos

y lo que te haga falta

que yo voy caminando

hacia ninguna parte

en mi tabla

sobre la marea

tan feliz

vomitando al mar

de espaldas

para que no lo veas.

viernes, 18 de septiembre de 2026

La aduana.

Aquí estoy, frente a ti,

en el arco de tus controles

después de vaciar los bolsillos

en una bandeja vacía

de sueños

y el cinturón

y los zapatos

desnudo

con las manos en alto

y tú mirando

de arriba abajo

cada milímetro

buscando

quizás

una bomba en el pecho

una palabra anónima

que te hiera

o un alma

escondida


y ni aún así

se te disparan las alarmas

El hijo de Carmela.

 Carmela comenzó a hablar antes de que Laura abriera la boca.

-          Ay, chiquilla, menos mal que has llegado a tiempo, estoy ilusionadísima con este nuevo papel que me has buscado, tengo muchas ganas de que me cuentes si soy la protagonista y quién voy a ser, si tengo que cantar y bailar, qué ganas de bailar, ¿tú no tienes ganas de bailar? ¿quieres que bailemos un poco? ¿qué música te gusta? Vamos a cantar algo para celebrarlo y luego vamos a casa, que te voy a hacer una tarta chiquitita de limón, que antes de salir vi la receta en el internet. Lemon pái se llama y tiene una pinta riquísima. ¿Te gusta el limón?...

Laura ya conocía la cuerda infinita de Carmela, así que dejó que se explayara un buen rato hasta que tuvo que coger aire y entonces decidió interrumpirla.

-          Tía Carmela, recuerda que mamá falleció la semana pasada y tenemos que ir al notario para arreglar los papeles de la herencia y tienes que estar allí sin falta para repartirlo todo, porque apareces en el testamento.

-          ¿Y qué tipo de canciones tendré que cantar? Ay, ojalá sean boleros. Me chiflan los boleros, Laurita. ¿Cantamos algo juntas? Tú también tienes una voz muy bonita y eres tan guapísima, no sé por qué te hiciste agente en vez de actriz…

Un silbido misterioso pero muy potente que provenía de la calle interrumpió la diatriba de Carmela y el intento desesperado de Laura por poner algo de cordura en la conversación. Miró por la ventana y vio a un joven desde la otra acera que le hacía señas para que saliera del bar.

-          Carmelo, pensó, el que faltaba… Ahora vuelvo, le dijo a Carmela, dejando atrás todas sus pertenencias y caminando a saltos mientras se calzaba el zapato antes de salir del bar.

Pepe la miraba sonriendo mientras secaba unos vasos en la barra y estiró el cuello para intentar darle forma al propietario del silbido misterioso.

Cuando Laura alcanzó a Carmelo, le empujó hasta un rincón del edificio desde el que no les podían ver en el bar. Carmelo era el hijo de Carmela. Nadie sabía por qué había decidido llamar Carmelo a Carmelo pero todos en la familia sabían que había sido idea de Carmela, después de enterarse de la huida de su marido justo después del parto. “Carmelo el changa”, pensó Laura y luego se enfadó consigo misma por su ataque de clasismo sobrevenido. Al fin y al cabo, se habían criado en el mismo barrio y además eran familia y nunca había tenido problemas con él. Al contrario, sabía perfectamente que Carmelo sentía devoción por su prima Laura. “Laura la culta”, se decía Carmelo siempre para sus adentros cuando pensaba en ella muy a menudo.

Carmelo le entregó a Laura un sobre cerrado sin mediar palabra y Laura le dio a cambio una moneda de dos euros. Lo único que encontró en el bolsillo derecho de su pantalón de tergal ancho. Se dio la vuelta y volvió a dirigirse al bar, dejando a Carmelo en la calle, siguiéndola cuidadosamente con la mirada