Laura entró en el bar como un barranco que corre con fuerza, tropezándose con sus propios pies y lanzando hacia la barra, mientras caía estrepitosamente contra el mármol impoluto, las carpetas que llevaba apretadas contra su cuerpo, el bolso, un termo de café, un pequeño bote de leche condensada y las gafas, dejando atrás uno de aquellos zapatos heredados de su madre. A los quince años, su madre le había pedido que se sentara con ella en el sofá destartalado del salón y le explicó que aquellos zapatos clásicos de tacón medio y color oscuro que sacaba en ese momento de una bolsa de tela,iban a resolverle uno de los mayores problemas a los que se enfrentaría de ahora en adelante: qué zapatos ponerse. Porque la respuesta eran aquellos zapatos. “Para un roto y para un descosido”, concluyó su madre recogiendo cuidadosamente los zapatos y haciendo un gesto con la mano para que la dejara sola, como si la clase magistral diaria hubiera acabado.
Cuando
Laura empezó a recobrar la compostura y todas sus pertenencias tras el terremoto
triunfal de su entrada, notó una mano que tiraba de su brazo, elevó la vista y
se encontró con la sonrisa de Pepe, el camarero, que intentaba ayudarla a
incorporarse mientras le devolvía las gafas que habían ido a parar justo a sus
pies cuando volvía de la mesa de Carmela.
-
¡Mi
agente!, se escuchó gritar a Carmela desde su rincón.
Laura
saludó a Carmela desde la entrada mientras se disculpaba torpemente con Pepe, que
continuaba sonriendo y mirándola fijamente.
Cuando
Laura consiguió llegar a la mesa de Carmela, puso sus carpetas, el bolso, el
termo, el bote de leche condensada, sus gafas y el zapato en un lateral de su
sillón y volvió a recordar a su madre y se preguntó qué pensaría de que su
única hija se hubiera convertido en una inspectora de hacienda.