miércoles, 16 de septiembre de 2026

La agente de Carmela.

Laura entró en el bar como un barranco que corre con fuerza, tropezándose con sus propios pies y lanzando hacia la barra, mientras caía estrepitosamente contra el mármol impoluto, las carpetas que llevaba apretadas contra su cuerpo, el bolso, un termo de café, un pequeño bote de leche condensada y las gafas, dejando atrás uno de aquellos zapatos heredados de su madre. A los quince años, su madre le había pedido que se sentara con ella en el sofá destartalado del salón y le explicó que aquellos zapatos clásicos de tacón medio y color oscuro que sacaba en ese momento de una bolsa de tela,iban a resolverle uno de los mayores problemas a los que se enfrentaría de ahora en adelante: qué zapatos ponerse. Porque la respuesta eran aquellos zapatos. “Para un roto y para un descosido”, concluyó su madre recogiendo cuidadosamente los zapatos y haciendo un gesto con la mano para que la dejara sola, como si la clase magistral diaria hubiera acabado.

Cuando Laura empezó a recobrar la compostura y todas sus pertenencias tras el terremoto triunfal de su entrada, notó una mano que tiraba de su brazo, elevó la vista y se encontró con la sonrisa de Pepe, el camarero, que intentaba ayudarla a incorporarse mientras le devolvía las gafas que habían ido a parar justo a sus pies cuando volvía de la mesa de Carmela.

-          ¡Mi agente!, se escuchó gritar a Carmela desde su rincón.

Laura saludó a Carmela desde la entrada mientras se disculpaba torpemente con Pepe, que continuaba sonriendo y mirándola fijamente.

Cuando Laura consiguió llegar a la mesa de Carmela, puso sus carpetas, el bolso, el termo, el bote de leche condensada, sus gafas y el zapato en un lateral de su sillón y volvió a recordar a su madre y se preguntó qué pensaría de que su única hija se hubiera convertido en una inspectora de hacienda.

martes, 15 de septiembre de 2026

La moneda.

Pisó el freno de su Kia cuando escuchó un silbido misterioso a lo lejos, entre el ruido de los neumáticos sobre las pequeñas piedras del camino que recorría cada domingo para pasar el día en aquella cala perdida de la isla, un rincón que muy pocos conocían, con aguas transparentes y arena rubia y fina en donde podía pasar las horas del domingo leyendo y dejando atrás su pesada rutina.

Hacía dos días que se había encontrado el coche sin un espejo retrovisor. Alguien había aprovechado la noche para arrancarlo y llevárselo sin más, sin una explicación, sin una nota. Ahora circulaba únicamente con el espejo del copiloto.

Agarró el volante con las dos manos y se inclinó para mirar por el espejo y fue entonces cuando vio aquella figura delgada a lo lejos corriendo hacia él. Se bajó del coche justo cuando casi llegaba hasta su puerta. 

Parecía un niño, de piel muy oscura en la que brillaban algunas perlas de sudor tras la carrera. Se detuvo ante él y sonrió, con esa sonrisa enorme de los chiquillos negros, como si quisiera darle un abrazo interminable para agradecer que se detuviera. Ahmed sonreía mientras recuperaba el aliento. No debía tener más de 13 años y llevaba su ropa completamente empapada, como si acabara de emerger del océano. Imaginó multitud de escenarios para entender de dónde podía haber llegado aquel chiquillo de amplia y sincera sonrisa. Cuando intentó hablar con él, comprendió que desconocía el idioma, sólo sonreía. No respondía a sus preguntas y justo cuando comenzaba a desesperarse por ser incapaz de hacerse entender por el crío, él le agarró una de sus manos sin dejar de sonreír y dejó en ella una moneda de dos euros.

lunes, 14 de septiembre de 2026

La alfombra roja de Carmela.

Carmela introdujo un fajo de billetes en el sostén y se colocó las tetas en el espejo. 

Era una mujer ancha, de pechos enormes, la piel clara y desgastada por el sol tras muchos años de trabajo barriendo las calles de su barrio. Su marido la había abandonado tras su primer y único parto, cuando su cuerpo se rebeló y dejó de ser una jovencita esbelta exuberante teñida de rubio y se convirtió en una señora con sobrepeso y melena negra despeinada.

Tiró de su bata desde las caderas para colocar la tela, echó un último vistazo a sus tetas en el espejo y salió al portal caminando erguida, sintiéndose como una actriz noruega alabada por la crítica mientras pasea por una alfombra roja antes de recibir uno de sus incontables premios por su talento.

Entró en el bar pensando que todo el mundo se giraba a su paso, como la estrella que creía ser. Se sentó en su rincón favorito, desde el que podía mirar a través de la ventana el ir y venir de la gente en la calle y a lo lejos el parque en el que su marido y ella se dieron los primeros besos de adolescentes enamorados.

Cuando vio a Pepe a su lado, el camarero que cada día se acercaba a atenderla, le guiñó un ojo y dijo lo que expresaba cada mañana: "Pepe, cariño, estoy esperando a mi agente, así que no voy a pedir el desayuno todavía, pero para ir abriendo boca, tráeme una botella de agua Firgas con gas para compartir, que hoy estamos de celebración".

jueves, 10 de septiembre de 2026

Armando la nevera.

 Cuando intentó abrir la nevera en casa de su suegra, Armando vio la foto sujeta con un imán con forma de código de barras. Le resultó curioso porque sólo aparecían las barras. No había números. En cambio aquella foto sí llevaba una serie de números escritos a mano justo donde terminaba la arena de aquella playa que fue incapaz de reconocer a primera vista. Un niño pequeño de espaldas, una pelota a su lado, una sombrilla azul y amarilla y unos pies a un lado de la sombrilla, en plena sombra. Aquella sucesión de números, 00122568978, puestos al pie de la foto, sobre la arena, le desconcertó. Cuando regresó al sofá, todavía no recordaba qué iba a buscar a la nevera.

miércoles, 9 de septiembre de 2026

El diván (con permiso de Katzenbach).

 los escombros

la sangre

los restos


los niños

y las niñas

perdidos en islas

disfrazadas

de paraísos


el vil metal

que decían

el poder

el ansia de poder

querer y poder

querer poder


dormir anestesiado

vivir en otros

con los ojos fijos

en una pantalla


migrar

morir

isleños

sin isla


vivir y odiar

mirar con el rabillo del ojo

al contrario


y todo otro

es el contrario


YO

El YO.

Y nada más.

Querer lo suyo

y matar por ello

figuradamente

y también.


No verse en el espejo.

No ver.

No ver nada.

Porque nada hay

en este siglo impávido.

jueves, 3 de septiembre de 2026

La cadena.

 La cadena de producción

atada al cuello

y ellos tirando

fuerte

sin prisa


que no hay prisa

que mañana otra vez

si estás

y si no estás

otro ser

y otra cadena


que los engarces

son duros

que la vida es dura

dicen

y revisan tu cadena

para que no te sueltes

para que no escapes

para que creas

que sólo hay cadenas

y que son buenas

es lo que hay



y más allá no hay nada

la nada

el reflejo ahogado

de aquellas cadenas