Carmela introdujo un fajo de billetes en el sostén y se colocó las tetas en el espejo.
Era una mujer ancha, de pechos enormes, la piel clara y desgastada por el sol tras muchos años de trabajo barriendo las calles de su barrio. Su marido la había abandonado tras su primer y único parto, cuando su cuerpo se rebeló y dejó de ser una jovencita esbelta exuberante teñida de rubio y se convirtió en una señora con sobrepeso y melena negra despeinada.
Tiró de su bata desde las caderas para colocar la tela, echó un último vistazo a sus tetas en el espejo y salió al portal caminando erguida, sintiéndose como una actriz noruega alabada por la crítica mientras pasea por una alfombra roja antes de recibir uno de sus incontables premios por su talento.
Entró en el bar pensando que todo el mundo se giraba a su paso, como la estrella que creía ser. Se sentó en su rincón favorito, desde el que podía mirar a través de la ventana el ir y venir de la gente en la calle y a lo lejos el parque en el que su marido y ella se dieron los primeros besos de adolescentes enamorados.
Cuando vio a Pepe a su lado, el camarero que cada día se acercaba a atenderla, le guiñó un ojo y dijo lo que expresaba cada mañana: "Pepe, cariño, estoy esperando a mi agente, así que no voy a pedir el desayuno todavía, pero para ir abriendo boca, tráeme una botella de agua Firgas con gas para compartir, que hoy estamos de celebración".