jueves, 24 de septiembre de 2026

Bar Alberto.

Laura se acercó al borde de la calle, antes de cruzar, desde donde podía contemplar la fachada del bar. El bar del barrio, el de toda la vida. Alberto heredó el bar de su padre, que sacó adelante a duras penas mientras cuidaba de su esposa enferma y del pequeño Alberto. A Alberto no le gustaba el bar porque pasó mucha parte de su infancia echando una mano a su padre al salir del colegio, cada día. Y los fines de semana. Y las vacaciones, cuando todos sus amigos del barrio se iban a pasar el día a la playa. Al heredarlo, sólo cambió el letrero y lo llamó Bar Alberto, contrató a Pepe y siguió con su vida dando clases de lengua española en el instituto. Pasaba un par de veces al mes para preguntar a Pepe si todo iba bien y la gestoría se encargaba de todo lo demás.

Laura vio a Pepe en la puerta del bar, mirándola fijamente, como si estuviera a punto de echarle una bronca. Cuando vio a Carmela de ventana en ventana dando vueltas sobre sí misma en pleno baile, pensó que por qué aquel semáforo no podía quedarse en rojo para siempre y permanecer allí, tranquila, viendo pasar el tiempo, la gente, los coches, la vida…

El semáforo cambió a verde y cruzó la calle. Caminó hacia la puerta del bar, donde Pepe se había instalado como si se tratara de un portero de discoteca. Antes de apartarse para que pasara y echándole una mirada de reprobación, dijo:

-          Laurita, ¿otra vez el changa por aquí? ¿Lo sabe Carmela? Mira que ese machango lleva siempre un aroma a guineo maduro, de los que no se pueden arreglar.

Laura no sabía qué le apetecía más en aquel momento, si apartar a Pepe o abrazarse a él para agradecerle su preocupación.

-          Descuida, Pepe, sólo ha venido a hacerme un recado. Ya se ha marchado.

Entró en el bar y se llevó a Carmela a su mesa del rincón, después de dar una voltereta sobre sí misma, ante la atónita mirada del guiri que había alquilado la vivienda vacacional que estaba sobre el bar y que había entrado tras su paso.

Antes de que Carmela pudiera abrir la boca, Laura respiró y después se tomó un vaso de agua mientras abría el sobre que le había entregado Carmelo hacía un momento. Dentro había un billete de lotería viejo. Lo miró sin sacarlo del sobre y se secó descuidadamente con las mangas de su camisa las lágrimas que empezaron a deslizarse por sus mejilla mientras se descalzaba, colocaba los zapatos junto al resto de sus trastos y volvía a recordar a su madre.

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