lunes, 28 de septiembre de 2026

La casa de Amparo.

 “Junto a la ropa sucia el papel de regalo”.

Carmelo “el changa” se alejó de la fachada del bar despacio, sin saber muy bien por qué  le había venido a la cabeza el poema “Los viajes” de Luis García Montero al ver a su prima Laura. El bar Alberto estaba en la misma manzana que la casa de su madre y a dos calles del paseo de la playa. Se recordó corriendo de niño, descalzo, por entre esas dos calles, hasta llegar al paseo y saltar a la arena hasta llegar, entre risas, al océano, su refugio, su vida. “La espuma de la vida”, pensó, y tampoco supo por qué.

 

Desde que dejó el instituto y se puso a trapichear mientras trabajaba de camarero en el bar del paseo, lo único que le había sostenido a la vida había sido la biblioteca. Pasaba horas devorando poesía, prosa y cualquier cosa que se asomara en alguno de sus estantes.

 

Continuó caminando, sin dejar de pensar en Laura y en lo que le hubiera apetecido sentarse a charlar con ella, como hacían cuando eran niños en casa de su tía Amparo. Amparo era hermana de Carmela, su madre y cada tarde, en las vacaciones, iba a buscar a Laura para bajar a la playa.

 

-          Un café con leche de leche condensada- decía la tía Amparo cuando les ponía los tazones sobre la mesa, echaba un buen montón de leche condensada y luego servía el café oscuro y humeante desde la cafetera italiana que le habían regalado cuando se casó con “el abogado”. Prácticamente nadie del barrio conocía el nombre de su marido. El padre de Laura era sólo “el abogado”, aquel chico que llegó despistadísimo de la península y se tropezó con Carmela y Amparo un día en el parque.

Carmelo pasó delante de la casa de su tía Amparo, al borde del paseo y vio la buganvilla en la entrada prácticamente tapando la ventana de la cocina desde la que veían la playa. Las flores rosas, escandalosamente vivas, contrastaban con la entrada descuidada y el silencio absoluto de su interior.

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