“Junto a la ropa sucia el papel de regalo”.
Carmelo “el
changa” se alejó de la fachada del bar despacio, sin saber muy bien por
qué le había venido a la cabeza el poema
“Los viajes” de Luis García Montero al ver a su prima Laura. El bar Alberto
estaba en la misma manzana que la casa de su madre y a dos calles del paseo de
la playa. Se recordó corriendo de niño, descalzo, por entre esas dos calles,
hasta llegar al paseo y saltar a la arena hasta llegar, entre risas, al océano,
su refugio, su vida. “La espuma de la vida”, pensó, y tampoco supo por qué.
Desde que dejó
el instituto y se puso a trapichear mientras trabajaba de camarero en el bar
del paseo, lo único que le había sostenido a la vida había sido la biblioteca.
Pasaba horas devorando poesía, prosa y cualquier cosa que se asomara en alguno
de sus estantes.
Continuó
caminando, sin dejar de pensar en Laura y en lo que le hubiera apetecido
sentarse a charlar con ella, como hacían cuando eran niños en casa de su tía
Amparo. Amparo era hermana de Carmela, su madre y cada tarde, en las
vacaciones, iba a buscar a Laura para bajar a la playa.
-
Un café con leche de leche condensada- decía la
tía Amparo cuando les ponía los tazones sobre la mesa, echaba un buen montón de
leche condensada y luego servía el café oscuro y humeante desde la cafetera
italiana que le habían regalado cuando se casó con “el abogado”. Prácticamente nadie
del barrio conocía el nombre de su marido. El padre de Laura era sólo “el
abogado”, aquel chico que llegó despistadísimo de la península y se tropezó con
Carmela y Amparo un día en el parque.
No hay comentarios:
Publicar un comentario